martes, 17 de diciembre de 2013

CONSUMISMO Y NAVIDAD

Lleva oliendo a Navidad desde finales de septiembre (a este paso acabaremos comprando los turrones en junio) y nos bombardean con anuncios, noticias, luces y carteles que nos incitan a comprar. Da igual lo que adquieras, lo importante es comprar. La Navidad, como punto álgido del consumismo en todo el año, se convierte en sinónimo de gasto y muchas familias comienzan a echarse a temblar nada más oír un villancico de fondo mientras pasean por la calle. 
Todo esto puede tener varias lecturas. Por una parte, rechazo firmemente el consumismo compulsivo en el que vivimos inmersos, donde tenemos que calentarnos la cabeza para buscar un regalo apropiado para nuestros seres queridos. Me resulta patético que en la opulencia en la que vivimos, tengamos que rastrear en las tiendas nuestros regalos porque las personas a las que van dirigidos tienen ya de todo. La costumbre de regalar, como algo excepcional, tenía sentido en aquellos tiempos en los que vivías con lo justo y esperabas ansioso estas fechas para recibir ese preciado regalo que exprimías durante todo el año. 
Por otra parte, también hay familias que lo están pasando realmente mal, que no cuentan con un presupuesto para regalos ni casi para comida, y que se sienten presionados por la sociedad para hacer compras de Navidad. Es la otra cara de la opulencia, la pobreza, que por desgracia cada vez está más extendida en nuestro país. Los que más tienen gastan sin freno lo que les falta a otros para comer. Ahora nos está tocando ver esta realidad en primer plano, pero lleva ocurriendo desde siempre si comparamos a nivel internacional. Mientras hace quince años todos vivíamos bien y salíamos alegres a las calles comerciales a gastar pagas extras, en otros países miles de personas se morían de hambre. Como siempre, unos acumulan a costa de otros. 
Por último, también hay que ponerse en el lado de los comerciantes, que esperan la Navidad para hacer caja y salir adelante. Es cierto que nuestra economía se apoya en el consumo, que hay muchos puestos de trabajo que dependen de él, que el mundo sólo gira en la medida en que haya un crecimiento constante que creemos que se va a mantener siempre. Pero nos olvidamos de lo que apuntaba antes, nuestro crecimiento se forja sobre la pobreza de otros. Aquí el análisis es más complejo y está pintado de utopía ¿Qué ocurriría si trabajáramos menos, lo justo para vivir y salir adelante? ¿Si la riqueza a la que renunciáramos se repartiera y todos tuviéramos lo suficiente para alimentarnos, tener un techo y vestirnos? Tendríamos más del bien más preciado: tiempo, a costa de menos bienes materiales superfluos. En lugar de que unos lo tuvieran todo y lo reciclaran cada tres meses, todos tendrían lo básico para vivir con calidad. Pero claro, aquí no estamos contando con algo fundamental: el ser humano es ambicioso, necesita metas, es agresivo, egoísta… al menos así lo ha sido hasta ahora. Por eso un sistema igualitario no sería sostenible a gran escala, para que lo fuera, sería necesario un cambio de conciencia global. Hoy por hoy no es posible pero, quién sabe, a lo mejor si todos se lo pedimos a los Reyes Magos…