martes, 16 de julio de 2013

LA SOCIEDAD QUE DEVORA

En algunas sociedades de las que consideramos tribales y primitivas desde nuestra etnocéntrica cultura occidental, la belleza se puede considerar como sinónimo de opulencia en las formas, cuellos estirados a base anillas doradas, pies pequeños deformados por vendajes, labios del tamaño de una mano o ausencia de las paletas superiores. Cuando observamos estas manifestaciones culturales sobre la concepción de la belleza, solemos precipitarnos hacia una serie de calificativos que tachan a esos pueblos de bárbaros, atrasados, no civilizados o, siendo un poco generosos, de ingenuos, sin detenernos siquiera a observar las barbaridades que nuestra civilización produce y alimenta. Nos creemos en posesión de la verdad, una verdad incuestionable que nos legitima para juzgar lo ajeno.

Si nos remontamos medio siglo atrás en nuestra propia historia, belleza femenina era sinónimo de carnes prietas, senos generosos, formas redondeadas y piel nívea como una nube de verano. Sin embargo, hoy día en nuestra cultura, belleza significa renunciar a la carne como parte de nuestro cuerpo, ofreciendo una imagen del mismo provista de una delgadez que roza lo enfermizo cuando se busca de forma apresurada e irracional. Tal vez sea cierto que debemos quitar primero la paja de nuestro ojo para poder ver la del vecino, porque si analizamos nuestro patrón actual de beldad, podemos concluir que no se aleja en absoluto de lo que catalogamos como “barbaridad” en lo que vemos en esa persona que alarga y deforma su cuello con anillas metálicas. En definitiva, todos estos conceptos de belleza suponen un castigo al cuerpo. 

¿Qué ocurre entonces, cuando nos damos cuenta de que nuestra visión de la hermosura no es la única, y que tal vez se trate de un patrón histórico-geográfico tan absurdo, convencional y susceptible de cambio como el color de moda para la colección de primavera?, ¿cuál es el verdadero concepto de belleza, si es que existe?. Tal vez la respuesta la hallemos en Max Weber, que afirmaba que la belleza, como la bondad, no es más que un concepto ideal que sólo tiene utilidad como referencia para el análisis, puesto que en esencia jamás lo encontraremos en la realidad. Pero dando de lado a estas disertaciones filosóficas de alguien que no llegó a contemplar cómo una adolescente se dejaba influenciar por ese concepto etéreo e inabarcable hasta el extremo de verse los huesos levemente disimulados por una capita de piel, considero necesaria la reflexión sobre un problema agudo que salpica a un amplio sector de la juventud impregnándola de una severa falta de autoestima. 

Todos hemos oído hablar de nuestra sociedad como una sociedad consumista, formada por un cúmulo de individuos que compran compulsivamente todo lo que está a su alcance y anhelan poseer más recursos para poder consumir más. Quizás esa definición sea cierta, pero no recoge el aspecto más fiero y cruel de esta sociedad: su faceta consumidora. No sólo está formada por consumidores, sino que a su vez la sociedad consume y devora a todos aquellos que escapan a sus cánones y rígidos criterios de valoración. La sociedad que formamos y mantenemos todos los seres humanos llega a constituirse en un ente abstracto ajeno a nosotros mismos, que impone sus propias reglas y los castigos aplicables a la desobediencia: frustración, desinterés, desviación, desmotivación,... Desde mi punto de vista, la sociedad es una madre exigente y carente de comprensión que margina a los que eluden su presión y presiona hasta límites insospechados a los que se dejan llevar por sus reglas. 

Hoy en día en nuestra sociedad se ha creado un concepto de belleza que se expone desde los más diversos medios, configurando un halo de irrealidad cuasi mística en torno a la ascética lucha por la delgadez. En la televisión, radio, prensa, cine y otros muy diversos medios se muestran los ideales corporales a los que toda persona debe aspirar para sentirse bien, creando a la vez una respuesta de ansiedad y desesperación en quien no se ajusta al modelo. La consecuencia evidente es un amplio grupo de jóvenes que renuncian a su vida por la absurda meta inventada de conseguir un cuerpo “aceptable” por las reglas sociales. Esta juventud rechaza su propio cuerpo en la medida en que sienten que no es “bello”, y acaban embarcándose en una lucha contra su propia naturaleza que nunca tiene fin, ni siquiera cuando son conscientes de que no hay un solo gramo de grasa en sus cuerpos. De esta manera, conseguir la delgadez a cualquier precio se convierte no sólo en una meta, sino en una forma de vida o, en la mayoría de los casos, de renunciar a la vida. 

Después de leer esto es inevitable pensar en un tono pesimista en cuál puede ser la solución para este problema. Tal vez la solución pase por remover los cimientos de una sociedad que se asienta sobre unos valores podridos y excesivamente superficiales, pero si ese objetivo nos parece demasiado idealista o imposible, conformémonos con conseguir que la juventud rechace esos principios sin sentido y comience a medir su belleza por sus propios ojos, en lugar de por la regla estricta de una sociedad eternamente exigente, dispuesta a devorarnos en cuanto nos salgamos de sus patrones.