domingo, 23 de noviembre de 2014

FRAGMENTO (PREVIO A LA INVASIÓN)

...Sentado sobre una piedra observaba cómo el rebaño lo rodeaba para comerse el pasto de aquella ladera del monte. Dos ovejas se alejaron del grupo y tuvo que silbar a su perro para que acudiera a por ellas. Con el callado apartó a una cabra que le mordía las sandalias de esparto. Recompuso las hebras que se habían soltado y resopló fuertemente. Estaba cansado de aquella vida, de malgastar sus días en el monte, en soledad, con la única compañía de aquellos apestosos animales. En las largas horas de pastoreo soñaba con las aventuras a las que tuvo que hacer frente su antepasado cuando cruzó el estrecho y abandonó su tierra natal para probar fortuna en al-Andalus. Su madre le había metido todas esas historias en la cabeza y había sembrado en su corazón el anhelo de otra vida. 

El wadi al-kabir serpenteaba a lo lejos y en su ribera se adivinaba el contorno de Sevilla. El muchacho detuvo la vista en la ciudad, señaló en aquella dirección y entornó los ojos. Con la otra mano apretó el cayado hasta clavarse uno de sus nudos en la palma. No sintió dolor, tan sólo sintió odio, y ese sentimiento era más fuerte que cualquier otro que pudiera albergar en aquel instante. El anhelo de aventura no era lo único que su madre había sembrado en su interior, también había hecho crecer el rencor y la ira en el alma de aquel muchacho de apenas veinte años. 

—¡Alí ben Alí el rifeño! —oyó los gritos de la mujer—. ¿No te das cuenta de que se te escapan las ovejas? Y ese perro que dices que es tan listo... ¡vale más para carroña que para pastor! 

El muchacho despertó de su fantasía y silbó de nuevo al perro, que dormitaba ajeno a la huida de los animales. La mujer se acercó a él resoplando, moviendo las anchas caderas con dificultad por la aspereza del terreno. Cuando estuvo a su lado le entregó un hatillo con comida. 

—Cada vez te vas más lejos, hijo. ¡Construimos la casa ahí abajo porque había agua y buen pasto! 

—Ya, madre, pero me gustan las vistas que hay desde aquí. 

La mujerona se sentó junto a él y sonrió. 

—Entiendo, miras nuestra casa —Alí asintió y volvió a señalar y a entornar los ojos—. Algún día será nuestra de nuevo y volverán los días felices —sentenció la mujer. 

—Padre murió y no volverá. 

—Es verdad, pero tú verás a tus hijos crecer en la casa de las rosas. 

Alí miró a su madre con gesto grave. La mujer sonreía, como si aquellas frases las soltara ya sin convicción. 

—Lo haré, madre, y tú lo verás. Entonces padre no habrá muerto en vano. 

Alí el rifeño, el padre de Alí, se suicidó varios meses atrás. Llevó el rebaño a un pequeño acantilado y se lanzó sobre las piedras para acabar con su vida. La idea de suicidarse se le había instalado en la cabeza como resultado de un estado de melancolía y tristeza que lo dominó durante años, pero su esposa insistía en que la razón verdadera de la tragedia era la impotencia que sentía ante la injusticia a la que se había visto sometida su familia....

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