lunes, 17 de junio de 2013

EN EL OCASO DE NUESTRO MUNDO, DAME TU LUZ

El sol comenzaba a declinar, cayendo sobre la vega de Granada para incendiar sus campos con los brillos cobrizos del ocaso. La ciudad se preparaba para la oración del atardecer, apagando lentamente sus quehaceres al ritmo pausado en que las sombras comenzaban a invadir los callejones del Albaicín. Una extraña calma caía pesadamente cubriendo el ambiente con la tonalidad grisácea de las nubes de tormenta. Durante toda la tarde el cielo había amenazado con una descarga de agua, pero nada parecía alterar esa tranquilidad que precede a los aguaceros, llegando a convertirse en un estado perenne. 

En la Alhambra, desde el adarve de una de sus soberbias murallas, un soldado observaba cómo la ciudad se oscurecía y el humo de mil hogares encendidos comenzaba a elevarse hacia el cielo gris. Todos se preparaban para romper el ayuno. Muchos hombres merodeaban junto a la Mezquita Mayor, en el barrio de la Alcaicería, mezclándose con los comerciantes que comenzaban a cerrar sus negocios y con los muchachos que recibían clase en la Madraza.

El soldado, inmóvil en su puesto de guardia, dirigía la mirada a las casas del Albaicín. En sus ojos lucía una nostalgia imprecisa que parecía ahogarlo en anhelos de un porvenir despejado de incertidumbres.

El sol acarició el horizonte y empezó a perderse tras las montañas, más allá de los arrabales de la ciudad, más allá del campamento de los castellanos en la vega, más allá de los sueños perdidos por los granadinos en las tierras arrebatadas... pero en el barrio del Albaicín nada parecía cambiar, todo continuaba impregnado de serenidad, sin que nadie diera señales de que había vida en aquellas casas desordenadas plantadas en la ladera de una colina. En unos momentos el sol se perdió tras la silueta de los montes, al mismo tiempo que la voz del muecín de la Mezquita Mayor comenzaba a recitar la llamada a la última oración. Sus cantos vistieron de silencio la ciudad. La bella voz, la voz que merecían las palabras reveladas al Profeta por el mismo Allah, flotaba en el aire sobre los tejados de los fieles. Mientras tanto, el soldado se orientó para rezar.

Concluida la oración retomó su guardia, pero no conseguía apartar la vista del Albaicín. Aguardaba paciente a que terminaran los banquetes que todos habían soñado durante el largo día. Ahora la vida bullía de cada casa, se oían risas, cantos lejanos en las casas de los nobles y el trajín de las bandejas y los cacharros para guisar. Avanzó la noche y el ruido se fue esfumando. El soldado apenas podía contenerse y paseaba nervioso sobre el adarve, sin perder nunca de vista las casas. De repente, una luz destelló desde una ventana. Sintió cómo su estómago se encogía y le faltaba el aire. Contuvo la respiración a la espera de la señal. Una mano que apenas adivinaba en la distancia tapó el reflejo de la luz, y al instante se apartó de ella dejándola de nuevo brillar. Él permaneció aferrado a su lanza creyendo que moriría si tenía que aguardar un instante más. La mano volvió a dejarse ver, esta vez para cerrar la ventana y ocultar la luz y su propio cuerpo. Pero el soldado no necesitaba ya ventanas para verla a ella. La señal había sido clara: “si tapas una vez la luz, entenderé un sí, si la tapas dos veces, entenderé un no”, le había dicho él esa misma mañana.

Hiba, la dueña de sus noches de insomnio, le había declarado que le amaba, y a él ya no le importaba la llovizna que acababa de comenzar, ni el asedio que mataba de hambre a su pueblo, ni siquiera le importaba saber que sería testigo de la caída del Emirato de Granada...