domingo, 2 de junio de 2013

ESCRIBIR...

Apenas tengo memoria sobre los primeros versos que escribí. Tal vez fueran de amor, ese amor tierno de infancia que nos sobrecoge cuando apenas tenemos edad para conocer el mundo. Tal vez fueran sobre la muerte, porque desde pequeño fui melancólico y reflexivo, quizás demasiado para aquella edad. De una u otra forma, ya fueran versos luminosos o palabras cargadas de una honda tristeza, los versos estuvieron presentes en mi vida desde mi niñez. Mi relación con la poesía, como todo lo arrebatadoramente pasional, duró poco, apenas unos años, pero lo suficiente como para dejarme dentro una semilla que ha pintado de lírica toda mi prosa. 

Tras la poesía llegó la narrativa, breve en un primer momento. Escribí relatos como una terapia para el alma, inquieta, que buscaba sosiego derramando palabras sobre el viejo teclado de un 486. La prosa echó raíces y decidió quedarse a mi lado, creció y floreció. Desde entonces ha estado dándome frutos, generosa, sin apenas pedir nada a cambio. 

La novela fue la evolución natural de una pasión que parecía no tener límites. La inquietud ya no se colmaba con unas cuantas palabras y tuve que alimentar la inspiración con más horas, más trabajo, y más páginas. En la novela me encuentro cómodo, la novela es el cauce de mis ideas, que fluyen mansas y acarician las piedras del lecho, canteando sus bordes afilados. 

Escribir no es una afición, es una forma de entender el mundo, es una compulsión que te arrastra a horas de soledad donde la dicha de crear te serena y te llena por completo. Por eso nunca he dejado de escribir, porque esta tarea del alma da sentido a lo que hago mientras no escribo, eso que muchos llaman vida.